La libertad en la Anunciación

Ángel Gómez Escorial

 

1.- Ya metidos en el Adviento, la cristiandad celebra el Día de la Inmaculada Concepción que es uno de las grandes solemnidades del calendario litúrgico. La Virgen María es protagonista plena de ese tiempo de Adviento, en el que se celebra la Encarnación y Nacimiento de Cristo. El Evangelio de la Misa refleja la muy bella narración de Lucas sobre la Anunciación del Arcángel San Gabriel a María. No existe en todo el Evangelio página más bella que ésta en la que San Lucas narra el encuentro entre el Arcángel San Gabriel y María de Nazaret. Debemos dedicar muy especialmente nuestras meditaciones de estos días de Adviento a Santa María y recordarla en la advocación que nos sea más querida. Esa cercanía popular de la devoción a la Virgen es una de las páginas más hermosas y más entrañables de nuestro quehacer como seguidores de Cristo. Y por ello la Solemnidad de la Inmaculada es, digámoslo así, un avance especialísimo para el tiempo de Espera.

2.- La omnipotencia de Dios no desea limitar la libertad del género humano y, entonces, un ángel del Señor llega a Nazaret a solicitar la conformidad de la persona elegida para iniciar los pasos de la Salvación. Es en el momento en que María dice que sí, cuando comienza todo. Nos parece hoy --después de tantos siglos de fe cristiana-- impensable que la bella adolescente de Nazaret hubiera dicho que no. Pero esa posibilidad existía, pues de no ser así el discurso de Gabriel hubiera sido de otra forma. Y, así, la primera consecuencia de ello es la confirmación de que la relación entre Dios y el hombre es libre: de plena libertad. El Señor no usa de su fuerza multiforme para dirigir al hombre por donde El quiere. De hecho, a muchos de nosotros no nos importaría que Dios nos dirigiera de tal forma que no hubiera posibilidad de contrariar su Voluntad. Con ello tendríamos asegurado nuestro fin último y deseado. Pero ese dirigismo sin opción restaría nuestra libertad y el "diseño en libertad" que Dios quiso para nosotros. 

3.- Es este un mundo de hombres y mujeres libres, abierto por Dios desde el mismo momento de la creación del hombre, la realidad impuesta por el hombre es contradictoria. Muchos no quieren la libertad. A los más les produce miedo. Y ese miedo a la libertad engendra muchos pecados. Pero la libertad es también una de las facultades más nobles del género humano. Su capacidad libre de decisión le hace grande. Será bueno o malo por el uso de su libertad. No podrá responsabilizar de sus pecados a nadie. Pero tampoco nadie podría borrarle el enorme mérito de hacer el bien libremente. Solo la omnipotente justicia de Dios puede haber previsto esa libertad total de su criatura. 

4.- María fue libre para asumir su camino y admitir con alegría la presencia en su seno del Salvador del Mundo. Desde ese momento -es bueno enfatizar lo obvio- la historia de Cristo está ligada a la joven de Nazaret. De ahí puede entenderse con toda facilidad la importancia del culto cristiano a la Santísima Virgen. Extraña el abandonismo de los cristianos reformados respecto a la valoración de la figura de Santa María en el camino de los creyentes. Pero no es este tiempo de controversias, ni de alejamientos. En Adviento estamos en situación de vigilia pacífica esperando la venida de Jesús y hemos de rogar, con toda nuestra fuerza, que cuando Jesús vuelva por segunda vez todos sus seguidores --todos, absolutamente todos los que mencionamos su Nombre-- estemos unidos en la caridad.

5.- La consecuencia fundamental de la escena que nos cuenta San Lucas es la venida de Jesús para salvar a los hombres. Y el Dios convertido en uno de nosotros será el que vaya a dar sentido a nuestras vidas para buscar eso que se ha llamado el Reino y que comenzará a anunciar Juan, el Hombre del Desierto. Debemos allanar los caminos, abajar los riscos y hacer del amor entre los humanos el mejor puente de santidad, como muy bien expresan el profeta Isaías y el Evangelista Marcos en la misa del primer domingo de Adviento. Tenemos, en estos días, que llenarnos de amor por Dios y por los hermanos y rezumar alegría por la espera del Niño Dios. No hay que quitar al Adviento su significado de espera familiar, de tiempo de hermandad, ni restarle todo el encanto que reúne su condición de "fiesta infantil". Es verdad, que nos quejaremos del exceso de consumismo que aplicamos en nuestra forma de celebrar el nacimiento de Cristo, pero también vamos a gritar a los cuatro vientos que es día más importante de la historia, la jornada donde comenzó nuestro mundo y nuestra era. El principio del mejor camino: el de Cristo. En su espera lo que nos lleva confiados a pedirle a la Virgen, concebida sin mancha, que nos muestre la dirección de Belén.