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La Virgen en las Cartas Paulinas
Camilo
Valverde Mudarra
1.- Las epístolas
En las epístolas de San Pablo, no se hallan datos expresos sobre María. Sin embargo, tenemos tres textos que, de manera indirecta, hacen referencia a Ella: Rom l,3-4; Gal 4,4; Flp 2,6-8.
… los profetas habían anunciado acerca de su Hijo, (el nacido de la estirpe de David según la carne, el constituido Hijo de Dios en poder según el Espíritu de Santidad, desde su resurrección de los muertos) Jesucristo Nuestro Señor” (Rom 1,3-4).
El texto contiene sustancialmente dos conceptos: la descendencia davídica de Jesús y su condición de Hijo de Dios.
Los exegetas discuten sobre la significación que se debe aplicar al participio genomenou. La mayor parte de ellos, apoyándose en los principales manuscritos griegos, defienden que se trata de un participio de la voz media del verbo ginesthai que significa "llegar a ser", "nacer". Otros piensan en distinta voz gramatical y diferente origen verbal y afirman que es un participio pasivo del verbo gennao que significa "engendrar", "dar a luz". Los primeros hacen notar que en los otros dos textos paulinos (Flp 2,7 y Gal 4,4) San Pablo emplea el verbo ginesthai que apunta sólo a la acepción de "nacer" y no de "engendrar" o "dar a luz", por lo que en la mente del Apóstol, Jesucristo no fue engendrado por un hombre. Pero, este razonamiento no tiene consistencia; ahora, es imposible probar que era eso, en efecto, lo que fluía en el pensamiento de San Pablo.
"…mas, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su propio Hijo, nacido de una mujer”
(Gal 4,4)
La preexistencia del Hijo de Dios parece clara, aunque, para algunos, esta idea es discutible.
Dios envía al Hijo para que el hombre pueda salvarse. Por amor, el “Verbo se hizo carne” y, por amor, nosotros lo tenemos, lo conocemos y alcanzamos la vida eterna; la vida eterna representa el Reino. Dios hace la oferta de la vida, que debe ser aceptada en la fe.
A pesar de sus infidelidades, Yahvé tiene compasión de Israel, exclusivamente por amor, pues su predilección es eterna. Arrepentidos de sus pecados, Yahvé promete su amor generoso, como rocío bienhechor y su providencia permanente simbolizada en el ciprés siempre verde.
La muerte de Cristo en la cruz es la obra suprema del amor del Padre hacia el mundo por lo que entregó a su Hijo Unigénito con la finalidad salvadora de que "todo el que crea en Él", que es el nudo teológico de San Juan, "tenga la vida eterna": Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16). Con amor eterno te he amado, por eso te mantengo mi favor (Jer 31,3). Yo los amaré de todo corazón (Os 14,5). Pero los hombres obcecados en su ceguera y miseria, no lo recibieron y continuaron en su soberbia y en los avatares circunstanciales; no entendieron las señales de los designios divinos y "los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas" (Jn 3,19). El Padre no envió a su Hijo para que el mudo se condenase, sino para salvarlo; pero se establece un juicio condenatorio, personal en lo íntimo del alma, por la actitud ante Cristo; el que no cree en Él, ya está condenado. No quieren la Luz porque hacen obras malas; la Verdad es la revelación del Verbo. La salvación se encuentra en la fe y de ahí al amor; la perfección se manifiesta en creer y amar y, por esa vía, emprender el seguimiento de Cristo en la misericordia y el desprendimiento.
San Pablo quiere poner de relieve la condición humana del Hijo de Dios, pues nace de una mujer. Y esa mujer es María, a la que el Apóstol se refiere únicamente en cuanto madre. Según el misterioso plan salvífico, había llegado el momento de que una mujer, que, como ninguna otra realizara la voluntad de Dios, se constituyera en madre de la humanidad y modelo de la familia cristiana.
En el Nuevo Testamento, la criatura cumbre de Dios, la más fiel y cercana colaboradora de Jesús, escogida para coadyuvar en la obra de la salvación, es una mujer, María, la esclava de Yahvé, madre universal (Lc 1,26-38.42-49; 2,7.32-35; Jn 2,1-5; 19,25-27; Ap 12,1-6).
“Cristo Jesús, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no juzgó como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres y en su condición de hombre se humilló a sí mismo”
(Flp 2,6-8).
Este texto pertenece a uno de los primitivos himnos cristológicos, adoptado y adaptado por Pablo. La preexistencia de Cristo es evidente, así como lo es el hecho de su encarnación humana. Pablo sólo se refiere al hecho, pero nada dice de qué manera el preexistente, de naturaleza divina, se hace hombre real.
El Apóstol presenta los altos misterios de Cristo, modelo de vida y virtudes, y quiere mostrar la conexión que debe existir entre el dogma y la moral.
Los tres textos paulinos ni afirman, ni contradicen la concepción virginal del Hijo de Dios en el seno de María, aunque, dada su preexistencia, se puede lógicamente deducir que fue virginalmente concebido por la que fue denominada “llena de gracia” desde la eternidad.
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