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Corredentora
La Virgen Redentora con su hijo
Camilo Valverde Mudarra
La infinita misericordia de Dios estuvo siempre presente en el acontecer de María. Los designios eternos del Padre determinaron que, a la Encarnación antecediera la Anunciación en la que Ella, al ser saludada la llena de gracia (Lc 1,28), aceptara el más grande encargo de parte de Dios; y, cuando decidida da su respuesta al divino mensajero: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38), actuó la voluntad de Yahvé, concediéndole la maternidad divina, a la que estaba predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber aceptado dar a la humanidad la vida misma que renueva todas las cosas, y, por ello, ha sido colmada por Dios de los dones dignos de una misión tan enorme. Nada, pues, tiene de extraño que, entre los Santos Padres, se hiciera habitual el calificar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo. Por orden de Dios, es enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente peculiar.
La Virgen María, habiendo oído y aceptado las palabras de parte del Señor, se convirtió en Madre de Jesús y al acoger con libre decisión, voluntariamente y pura sin asomo de pecado alguno, la voluntad salvífica y redentora de Dios, se entregó totalmente como esclava del Señor a su Hijo y a su obra, dedicándose con diligencia al misterio de liberación y redención con Jesús y junto a El, con la gracia de Dios. Por esto mismo, han asentado los Santos Padres que María vino a ser no como un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación del hombre con fe y obediencia libérrimas. Así, dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso, muchos Padres antiguos afirman gustosamente con él en, su predicación, que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la Virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la Virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, y la vida por María».
La fuerza íntima que corre entre las madres y sus hijos los enlaza misteriosamente. La unión permanente de la Virgen María con su hijo Jesús en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. Precisamente, así sucede en toda la trayectoria vital, cuando María se entera de la gestación de su prima y, sin dilación alguna, emprende el viaje y se dirige a su casa para visitar a Isabel; ya desde la entrada, proféticamente es saludada con la proclamación, por parte de su parienta, de bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, al mismo tiempo que Juan, el que será el Precursor, comienza a dar saltos de alegría en el seno de su madre (Lc1,39-45); luego, en Belén, en el nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó, a los pastores y a los Magos, su Niño, recién nacido de su seno virginal. Y más tarde, cuando, una vez realizada la ofrenda propia de los pobres, lo presentó al Señor en el templo y oyó la palabra profética de Simeón respecto a que su Hijo sería signo de contradicción y que una daga atravesaría el corazón de la Madre, con lo que se descubrirían los pensamientos ocultos. Y, en la pérdida del Niño Jesús y su angustiosa búsqueda, los padres, por fin, lo encontraron en el templo, entre doctores, «ocupado en las cosas de su Padre», pero ellos no entendieron aquella respuesta de su Hijo. Y María, su Madre, iba guardando todas estas cosas en su corazón (Lc 2,41-52), para reflexionar y meditarlas; mientras el Niño crecía en sabiduría y gracia.
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