Diálogos nocturnos con María II

 

        María Velázquez Dorantes        

     

Señora, llamada por todos la gran intercesora, sí madre lo eres y siempre lo serás, porque ante tú hijo al pie de la cruz me adoptaste con todas las debilidades que tengo, con los peores defectos, con las grandes dudas y los terribles miedos.  

Has intercedido cada noche por mí, has velado mi sueño y cuando este no está me has consolado, llenando mi espíritu de paz, alejando toda angustia y desesperación porque mis ojos no se pueden cerrar, porque siento que la noche me invade, porque me siento como una mariposa que cae ante un rayo de luz y que se quedando ciega para no poder volar mas…  

Y ante todo esto, tú Señora amable has intercedido ante el Padre Celestial para que tu hija camine hacia el nuevo rebaño, donde la paz y el consuelo es la lana que cubre las pieles de los servidores de mi Cristo…  

Señora, platicar contigo hace me desahogue, permite que mi esperanza incremente y sienta como me estás escuchando. Porque contigo no le hablo a la nada, Tú madre mí, me atiendes, sabes todo lo que te digo, nunca estás ocupada para atender otros asuntos, más bien, siempre estás atenta para interceder nuevamente sobre mis inquietudes; siento que me acaricias y me calmas.  

Me arrebatas con dulzura una poesía ahogada, ese suspiro que no sabe de donde sale, ni a donde llega, pero que cuando te hablo María, me escuchas, me atiendes y no me dejas sola.  

Me gusta platicar contigo, con una música suave, con las letras que esperan ansiosas poder acariciar tantito Madre mía…porque anhelan ser poetas, porque quieren darte riqueza en la gramática, pero que en el fondo te revelan mis sentimientos…  

Te amo María, mi madre consentida que me apacientas y cuidas a la madre que Dios me ha prestado y eso merece sólo amor, bendita Señora.