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Nuestra
Señora de la Gracia
Camilo
Valverde Mudarra
"La llena de gracia", es un nombre celestial, le fue impuesto por el ángel Gabriel en la Anunciación. Y es que María es la criatura más agraciada, la que más gracias ha recibido del Creador, la más bella, la mas encantadora. Tuvo, desde siempre, la plenitud de la hermosura, imagen viva de la divina belleza. La madre de Dios tenía que estar adornada de todos los dones. En gracia, fue concebida, sin la mácula de origen que todos los mortales arrastramos. Convenía que a un hijo tan santo pudiera ofrecerle albergue digno en su seno purísimo. Fue "La Purísima". Conservó y acreció, a lo largo de su vida, esa pureza original y única. Fue "La Virgen", la siempre Virgen. La virginidad alcanzó la expresión suma, la entrega integral y exhaustiva de su corazón y de su vida a la voluntad de Dios. Se mantuvo siempre en las alturas, libre de todas las ataduras y de todas las ruindades que atan y esclavizan a todos los humanos. Fue una mujer absolutamente libre, libre por hacerse esclava, la esclava del Señor, sometida voluntariamente. Dios la llenó de gracia para que se conformara y se pareciera lo más posible a Él. Esa singular gracia se fue prodigiosamente engrandeciendo a lo largo de su vida. En su vida, María fue un evangelio vivo, la santidad perfecta. Madre de Dios Hijo, hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo. La más bendecida por Dios, "la benditísima". La Bienaventurada a través de todas las generaciones.
La Iglesia siempre lo ha dicho con precisión. Los dogmas marianos han enseñado que fue madre de Dios, que fue inmaculada, que fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto, que fue inmune de pecado y que fue asunta gloriosamente al cielo. Su gracia más grande, su mayor privilegio, del que se derivan todos los demás, es el de la maternidad, el que Dios la eligiera para ser su madre, sin mérito alguno por su parte, pues no puede haber criatura humana, por muy digna que sea, como lo es María, la más digna de todos, que pueda merecer ese don divino, ni otro ninguno. La Virgen supo cooperar con la gracia primordial y continua que Dios le dio y le fue dando a lo largo de toda tu vida. Se mantuvo santa y acrecentó prodigiosamente tu santidad. Cada día era más grata, más humilde, más santa, hasta llegar a la plenitud de la bondad. Fue ajena, inmune a la mancha, fue la vencedora del pecado. Como nadie guardó, escuchó y cumplió la palabra de Dios.
Ruega por nosotros, consíguenos, Señora y Madre Nuestra, que la gracia divina inunde nuestra existencia; que abandonemos definitivamente nuestra vida de pecado; pide al Padre, en nombre de tu hijo Jesús, que nos conceda la gracia de vivir siempre en gracia y que conservemos el alma en gracia y vivamos al estilo propio de los hijos de Dios e hijos de María.
Señora, Madre Santísima, abrázanos con tu amor. Enséñanos el amor. Tu amor y el nuestro es un don del cielo, todo es gracia. Te damos gracias por tantas gracias como hemos recibido a lo largo de esta maravillosa vida a tu lado, al calor de tu regazo; te pedimos perdón, al propio tiempo, por tantas gracias inútilmente recibidas, despreciadas, dilapidadas por nuestra inconsciencia. Tu hijo no cesa de derramar sobre nosotros gracias y más gracias; que esas gracias divinas llenen en plenitud el mundo, que nos llenen a todos deDios e incendien el corazón del hombre con el fuego del amor de Dios.
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