Santa Beatriz de Silva

 

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Numerosos testimonios de la época cuentan como a Doña Beatriz de Silva se le apareció la Virgen María con hábito blanco y manto azul y el Niño Jesús en brazos y como, luego de haberla confortado con cariño maternal, le intimó que fundara en su honor la Orden de la Purísima Concepción, con el mismo hábito blanco y azul que ella llevaba. Ante tan señalada merced de su Reina y Señora, Beatriz se ofreció por su esclava y le consagró, rebosante de gratitud, el voto de su virginidad.

Beatriz de Silva nació en el año 1424 en Ceuta, dos años después de que sus padres contrajeran matrimonio. Su madre, Doña Isabel Meneses, procedía de ilustre sangre real y era la segunda de los cuatro hijos del noble portugués Don Pedro Meneses. Su padre, el capitán Don Ruy Gómez de la Silva, batalló bravamente por la conquista de Ceuta que, hasta ese momento, había sido un bastión inexpugnable. Como reconocimiento a su valor en el campo de batalla la Corona le trasladó a la Península para concederle la alcaldía de Campo Mayor, en Portugal. Allí fijó la residencia familiar y allí Beatriz, junto a sus diez hermanos, comenzó a estudiar con tutores de la orden de San Francisco los cuales al tiempo que les instruían en letras , latín y humanidades, les transmitían el conocimiento de la fe y los dogmas del catolicismo. No es pues casual el recorrido religioso que emprendería Beatriz y también su hermano Juan, conocido más tarde como el beato Fray Amaro. 


La joven Beatriz fue llamada a la Corte de Castilla por intercesión de algún familiar y nombrada dama de la reina Isabel, la nueva esposa de Juan II que acababa de enviudar. Es muy conocida la belleza, los desmanes y la locura de esta reina, tan similar en su comportamiento a la de su nieta Juana la Loca, que seguramente por celos, o en un arrebato de insensatez, acabó tirando a su dama a un cofre y encerándola a llave con la clara intención de dejarla morir. Las monjas concepcionistas dicen que fue en esos momentos de aterradora soledad cuando Beatriz, creyendo que había llegado su última hora, vio a la virgen y habló con ella y ésta le prometió que saldría sana y salva de allí. Mientras tanto un tío de Beatriz la encontró y la sacó de ese angosto lugar y así se refleja en el Manuscrito de Toledo:

MANUSCRITO DE TOLEDO:

“Al cabo de tres días que de allí la sacaron puesto caso que había estado encerrada y en la abstinencia ya dicha salió fuerte y fresca como si ninguna cosa de pena hubiese pasado. En este tiempo que así estuvo encerrada, no se sabe si por malicia o por olvido, o por ventura queriendo N.Señor mostrar sus maravillas en esta su Sierva…Dios maravillosamente la había librado y conservado la vida.”


Fuese por la intervención divina de la Virgen María o por la intervención humana de su tío el caso es que Doña Beatriz salió del cofre, pero ya no era la misma que antes de este extraño suceso. Decidió huir de las intrigas y frivolidades de la corte y escogió el camino de la resignación, la humildad y la caridad buscando amparo en el Monasterio de Santo Domingo que se hallaba en Toledo. Permaneció allí recluida, pero por su condición especial de no ser monja de clausura le seguían llegando noticias del exterior y así supo que en 1454 había muerto Juan II de Castilla y que la reina Isabel, con sus pequeños hijos Isabel y Alfonso, vagaba entre las casonas que había heredado mientras Enrique IV, hijo de la primera esposa del difunto soberano, se había convertido en rey. Fue en esta época en que Doña Beatriz conoció a la pequeña Isabel que, algunos años después habría de convertirse en reina y ayudarla en la fundación de una nueva orden dedicada a la Purísma Concepción de la Virgen.

Beatriz de Silva no quiso prometer fidelidad a ninguna regla porque quería formar la suya propia. Su proyecto era un gran desafío pues significaba dar por segura una doctrina teológica, la de los “inmaculistas” que sostenían la ausencia de pecado original en la madre de Jesús frente a la de los “maculistas” que pretendían lo contrario. Para mayor dificultad el Papa había prohibido la formación de nuevas órdenes y la posibilidad de una nueva, que además no tuviera su correspondiente masculino, ni siquiera se contemplaba. Pero Beatriz no conocía el desaliento y siguió insistiendo en su vocación mariana hasta que la ya reina Isabel la Católica, convencida de la necesidad de una reforma en la iglesia y empeñada en favorecer a las mujeres, no sólo le cedió unas propiedades reales en Toledo con la intención de que fuesen casa y cimiento de la nueva fundación, sino que intercedió ante el papa Inocencio VIII para obtener el permiso y la licencia. El Papa contestó con la Bula InterUniversa con fecha 30 de Abril de 1486.

INOCENCIO VIII:

Vivan en comunidad, y bajo observancia reglar y en perfecta clausura…y estén bajo la jurisdicción del arzobispo que fuere de Toledo. Y la abadesa que fuere y las dichas monjas lleven hábito y escapulario blancos y sobre ellos mantos de color celeste y en el manto y escapulario vaya fija la imagen de la Virgen Santa María y cíñanse con cordón de cáñamo al modo de los frailes menores. Se concede la comunicación de gracias y privilegios de la orden.

En el año 1491, después de toda una vida dedicada a la lucha por obtener el permiso del pontífice y cuando ya por fin vio realizado su deseo ,después de haberse celebrado la procesión en la que finalmente vestirían con los hábitos de la orden, Beatriz comunicó a los suyos que la Virgen le había dicho que en diez días habría de marcharse con ella. Y así fue. Cayó enferma y el 17 de Agosto con las últimas estrofas del Te Deum y después de haber recibido los solemnes votos de la nueva concepcionista, falleció la monja Beatriz de Silva y Meneses con la conciencia tranquila y sus deseos cumplidos.

PABLO VI:

Nos resulta imposible tejer el breve elogio de la nueva Santa, acostumbrado en el momento de una canonización, que parece proyectar los rasgos de una faz gloriosa ante nuestra mirada jubilosa, porque, de la misma manera que el rostro extraordinariamente bello y puro de Beatriz de Silva permaneció oculto durante largos años de su vida terrena hasta su bienaventurada muerte, así también demasiados aspectos de su biografía sólo han llegado hasta nosotros de forma refleja, en la documentación histórica, a través de la cual se trasparenta como figura inocente, humilde y luminosa, a pesar de no conceder a nuestra humana, pero legítima curiosidad, ningún signo de expresión personal.

Mucho tiempo después, en el año 1976, Pablo VI la canonizó solemnemente. Aún conserva la orden concepcionista más de ciento veinte conventos diseminados por Europa y América Latina, fruto de la labor de una monja, Beatriz de Silva, adalid de la Inmaculada varios siglos antes de su definición dogmática.

Fuente: Cadena Cope, España